Un socio moroso es el que se atrasó: tiene una o más cuotas que ya vencieron y siguen impagas. La morosidad, en cambio, es la medida general del problema en todo el club: qué proporción de los socios debe, o qué porcentaje de las cuotas emitidas no se cobró. Es el número que todo tesorero mira primero.
La morosidad alta es el dolor de cabeza número uno de los clubes de barrio. Si la mitad de los socios no paga, el club no puede sostener gastos fijos como luz, mantenimiento o sueldos de profesores. Lo importante es entender que la mayoría de las cuotas impagas no son por mala fe: son por olvido, por falta de un recordatorio a tiempo o por fricción para pagar.
Por ejemplo, un club de González Catán tiene 200 socios y 60 deben la cuota del mes: su morosidad es del 30%. El tesorero puede ver el listado de morosos, ordenarlos por antigüedad de la deuda y mandarles un recordatorio por WhatsApp para recuperar parte de ese dinero antes de fin de mes.
Medir la morosidad y poder accionar sobre ella —ver quién debe, hace cuánto y cuánto— es lo que diferencia a un club que sobrevive de uno que se funde. Un buen sistema de gestión muestra la morosidad en un tablero claro, con semáforo de deuda, y permite atacarla con recordatorios automáticos en lugar de perseguir socios a mano.